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Los crímenes de Daniel Zamudio y Agnes Torres no son aislados

in WORLD, 02/04/2012

Internacionalmente los crímenes de odio contra miembros de la comunidad LGBT se vuelven más frecuentes y más crueles: se trata de una espiral de sangre y horror: son crímenes que evidencian una red que pone en relación a Santiago de Chile con las inmediaciones de Puebla. El modus operandi es el mismo: un grupo de jóvenes atrapa a la víctima y la somete a una prolongada sesión de tortura, física y psicológica.

Según Notiese, a Daniel Zamudio de 24 años “sus agresores le arrancaron parte de una oreja, le marcaron el cuerpo con esvásticas, le dejaron caer varias veces una gran piedra sobre el estómago y las piernas y le fracturaron una de ellas.” Agnes Torres Hernández fue quemada con la intención de desfigurarle el rostro y los brazos; de dejarla marcada de por vida. Finalmente fue degollada. Sus restos fueron metidos en una bolsa de basura, arrojada a una barranca. Resulta inútil preguntarse quién ha promovido secularmente la basurización del sujeto LGBT. Es preciso subrayar el nexo entre los discursos de odio y las injurias y los crímenes de odio y la ausencia de legislación que nos proteja.

El ensañamiento es una marca tanto como la intervención grupal de los asesinos, unidos con lazos supremachistas que serán revalidados a través de la tortura y el crimen. Su falta de relevancia social desaparece en el ritual sangriento. Se crecen ante la inermidad de la víctima a la que lograron aislar. Su marginalidad se desvanece ante la importancia que les da tener en sus manos a un cuerpo sobre el que podrán permitirse cualquier cosa. En éste satisfacen fantasías de omnipotencia que se avivan por los gritos, los ojos desorbitados, el forcejeo inútil de la presa, por el terror cerval de la víctima. Sin dudad se arma un concurso espontáneo entre los torturadores para idear maneras de causar dolor: ¿quién inscribió las suásticas en el pecho de Daniel? ¡Qué más da! Fue aplaudido y su gesto invitó a acciones de mayor crueldad. Se pusieron a jugar con la pesada piedra que seguramente cada uno hizo estrellar en un cuerpo quebrantado. Se sienten orgullosos desfigurando al “condenado”, al sodomita, al estigmatizado por la iglesia del odio, a la que responden como dóciles acólitos. De marginados, pasan a ser la mano de la ley. De miserables se transforman en ministros en un tribunal de cuyos rituales ellos son los garantes. Su marginalidad social, su ausencia de logros académicos, su falta de horizontes se desquitará en estudiantes diplomados como Daniel y Agnes. Ningún homosexual ha colocarse impunemente por encima de un varón que respeta los valores de la tribu heterosexista y católica.

Se pretende que el móvil del asesinato de la psicóloga Agnes Torres Hernández, haya sido robarle su auto. Quizá eso sea lo que pueden verbalizar los asesinos. Quizá esto es lo que pueden decir esos empleados de un rancho de la zona. Quizá es lo que puede inscribirse en un acta por personal mínimamente calificado. Sin embargo, el profundo desprecio por la transexualidad derivado de su supremachismo ¿de dónde viene? ¿Cómo se formó? De donde sale su convicción de que esos crímenes no van a ser investigados, que quedarán impunes como la gran mayoría de los crímenes perpetrados contra miembros de la comunidad LGBT. Los asesinos de Agnes afirman que les sorprendió la amplia respuesta que el crimen desató y que por ello decidieron quemar el auto. ¡Cómo podría ser de otra manera! ¿Acaso les queda duda de la determinación de la comunidad LGBT? Hay que desengañarlos no a ellos sino a la sociedad supremachista que bautiza y confirma a estos supremachistas.

El nombre de Daniel Zamudio viene a sumarse a una larga lista en la que está la psicóloga y defensora de los derechos humanos, Agnes Torres Sulca y los 16 nombres que se leyeron ante la representación del Estado de Puebla en Av. Chapultepec 494, en donde terminó una marcha muy emotiva a la que, por cierto, no asistieron los candidatos que nos pidieron adhesión para una posible candidatura.

Sería un grave error tratar estos crímenes de manera local. Argumentar solamente causales regionales (que sin duda existen); reducir los móviles a cuestiones del entorno más directo y estrecho (que no hay que desconocer ni descartar). No se puede olvidar de ninguna manera que hay discursos globales de difusión de odio que tienen su origen en el Vaticano y en la iglesia evangélica (que han tenido consecuencias nefastas en países de África en donde se ha intentado castigar con pena de muerte a la homosexualidad). Esos discursos son incesantes y se encuentran en la mente de los fieles católicos y evangélicos que sólo esperan una oportunidad para demostrar su desprecio por una comunidad a la que se ha declarado un peligro contra la civilización. Hay una estructura de poder conservador local que se encarga de difundir las reiteradas convocatorias al odio de la iglesia católica.

El ejemplo más claro es la relación estrecha que existe entre Josefina Vázquez Mota y Juan Pablo Castro Gamble con el que se fotografía radiante, exultante. Para llegar a la Asamblea Legislativa del D. F: Juan Pablo Castro Gamble no llegó por su propio pie: fue seleccionado por el PAN, aunque luego se hayan empeñado en desconocerlo. El deprecio de la Sra. Wallace por los ignorantes de Iztapalapa, el estigma “proles” difundido por la familia Peña Nieto, forman parte de esa misma estructura clasista y sexista que difunden las y los candidatos conservadores.

Es inútil negar que hay una campaña conservadora organizada en términos internacionales. Los discursos de odio que se pronuncian en el púlpito nunca son castigados en ningún país católico, a pesar de las numerosas demandas que se hicieron por la comunidad LGBT. La impunidad que fomenta el régimen conservador a las injurias eclesiásticas son una herida que tiene repercusiones en la comunidad LGBT internacional. La justicia de la que habló el presidente Felipe Calderón es la que le conviene: heterosexista, xenófoba, amiguista, desconocedora de los procedimientos y que pone a la impartición de justicia en México en ridículo, una justicia de sets televisivos.

Yo me pronunciaría por promover una acción en la Corte Interamericana de Derechos Humanos contra el discurso de odio que encienden cardenales, obispos y sacerdotes cotidianamente. Se ha estigmatizado a la comunidad LGBT como un peligro para la civilización, se le ha bestializado: los crímenes de odio no son sino la consecuencia lógica de esta animalización. A Agnes se le degolló como un cordero sacrificial.
¿Cuántas torturas más, cuantas pedradas más, cuantos muertos más se va a soportar? ¿Cuántas más injurias pronunciadas desde el pulpito quedarán impunes? Es preciso actuar porque lo que quiere la iglesia es apoderarse de la educación para difundir mensajes de odio e intolerancia.

Por ello hay que pedir la inclusión de estos asesinatos en las reuniones regionales de ILGA y que se calibren las posibilidades de una acción en la CIDH. La crueldad de la muerte de Daniel y Agnes no puede terminar con sentencias de una docena de marginados. Son necesarias acciones jurídicas de protección a la comunidad LGBT de urgencia. Es preciso señalar a quienes han incitado internacionalmente a esta carnicería atroz: Los jerarcas eclesiásticos y los políticos conservadores.
 

Publicado para Antonio Marquet 

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