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Argentina: De las Catacumbas al Ágora

in ARGENTINA, 26/01/2012

En los últimos 30 años el mundo ha cambiado significativamente para las llamadas minorías sexuales. En países de América Latina, los desarrollos legislativos en torno a los derechos de parejas del mismo sexo, el reconocimiento legal de las identidades trans y políticas públicas contra la discriminación y violencia por orientación sexual e identidad de género evidencian importantes transformaciones jurídicas y sociales.

Fuente: CLAM

Por Manuel Alejandro Rodríguez Rondón

En los últimos 30 años el mundo ha cambiado significativamente para las llamadas minorías sexuales. En países de América Latina, los desarrollos legislativos en torno a los derechos de parejas del mismo sexo, el reconocimiento legal de las identidades trans y políticas públicas contra la discriminación y violencia por orientación sexual e identidad de género evidencian importantes transformaciones jurídicas y sociales. Estos logros se deben en buena medida a la agencia de organizaciones sexo-políticas, cuyas agendas de visibilidad han posicionado la ciudadanía plena de personas LGBT como tema fundamental de debate público y agenda política. Sin embargo, estas políticas de la identidad también han impactado de formas insospechadas las subjetividades y formas de sociabilidad de muchos de los sujetos cobijados por ellas. Algunos, además de ganancias, ven pérdidas.
 

En Los últimos homosexuales: sociología de la homosexualidad y la gaycidad (Buenos Aires, Gran Aldea, 2011), el sociólogo argentino Ernesto Meccia dialoga con hombres de Buenos Aires que en la actualidad tienen más de 40 años, para quienes esa transición representó una experiencia traumática. A través de la reconstrucción de historias de vida de porteños que vivieron esos cambios en carne propia, Meccia explora los efectos de un tránsito entre diferentes regímenes de producción y visibilidad de la diferencia sexual en el plano de las subjetividades y las relaciones sociales de estos hombres, cuyas voces han sido escasamente escuchadas.
 

Los últimos homosexuales, como los denomina Meccia, se socializaron inicialmente como “homosexuales”, pero “luego fueron testigos y protagonistas de una era naciente, la era gay”. Hasta su juventud, su cotidianidad transcurrió entre contextos públicos fuertemente represores y una clandestinidad en la que desplegaron códigos que les permitieron comunicarse y resguardarse de las “acciones y miradas inquisidoras de los demás”. A partir de 1983, con el final de la última dictadura militar en argentina y vuelta a la democracia, su mundo cambió. Proliferaron los espacios comerciales de encuentro y con ello el marco secreto de relaciones se fue relajando, caducando de alguna manera los códigos de comprensión a él asociados. La liberación homosexual y la salida del clóset inauguran el régimen que Meccia denomina “gaycidad”, que representa también una suerte de “ocaso de la homosexualidad”.
A modo de ‘tipos ideales’ para comprender estos cambios, el sociólogo argentino identifica tres períodos, que denomina “era homosexual”, “era pre-gay” y “era gay”. La primera se caracterizó por la “participación casi ineludible de los homosexuales en una misma colectividad de destino” e involucraba una experiencia pre-reflexiva respecto a la homosexualidad, ya que los sujetos “no tenían a disposición un capital cognitivo alternativo al dominante del discurso heterosexista”. En tanto no comportaba un asunto de volición individual, explica el autor, la pertenencia a la colectividad homosexual no estaba relacionada con atributos socio-económico o políticos. La lógica relacional que la regía era des-jerarquizada y fraternal, es por ello que los entrevistados de Meccia la exaltan, pese a la represión que la enmarcaba. En la era pre-gay, que comprende la segunda mitad de los años ochenta y la primera de los noventa, la otrora colectividad sufriente empezó a reconocerse como discriminada. Aparece en escena la política de la visibilización, que aporta recursos lingüísticos para enunciar la discriminación.
 

Ya en la era gay llega a operarse un desenclave territorial de la homosexualidad. Se reducen los “microcosmos clandestinos de ligue”, al diversificarse también los lugares de encuentro, ahora abiertos a un público no-gay. Es por ello que este “viaje de las catacumbas al ágora”, que inaugura una época de derechos, representa para los últimos homosexuales el fin del mundo homosexual como lo conocían. La imagen del gay público es masculinizada, en detrimento de la feminización irónica del homosexual. Los últimos homosexuales ven en este período un quebranto de la solidaridad entre quienes perciben como compañeros de infortunio.
En entrevista con el CLAM, Ernesto Meccia, profesor en la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional del Litoral y autor también de La Cuestión Gay (Buenos Aires, Gran Aldea, 2006), habla sobre algunos de los aspectos más polémicos de su libro, como la aparente mitificación del período homosexual y la relación de la gaycidad con las lógicas comerciales. Discute también la creciente atención de los estudios académicos a las dimensiones discursivas y performativas de la sexualidad.
 

En su libro muestra cómo la homosexualidad fue experimentada por algunos de sus entrevistados como un espacio de liberación, mientras que la gaycidad aparece como un régimen de obediencia, enmarcada muchas veces en la “movida comercial”. ¿Cree que los cambios ocurridos durante este período responden a una normalización o asimilación de lo homosexual a un orden heterosexual-capitalista? ¿Este tránsito conllevó la aparición de nuevas jerarquías sociales entre los otrora homosexuales?

Creo que la tensión entre la asimilación, la abstención y la contestación de la homosexualidad respecto de la gaycidad goza de buena salud, ya que estamos ante emergentes de pensamiento recientes. Es fundamental que mantengamos una mirada polivalente de este proceso, que pueda hacer lecturas que dejen abiertos interrogantes, que no cierren prematuramente la emergencia de los sentidos involucrados en este formidable proceso de cambio social.
 

Yo no tengo dudas de que está presente la normalización de la homosexualidad. Si por ‘normalización’ entendemos la licuación de sus aspectos subversivos, es evidente que en la era de la gaycidad esa clase de relatos están presentes en muchas películas, telenovelas, en los noticieros y en otros soportes de textos sociales. La cadencia de los relatos es bastante similar: se invita al “paradestinatario” a pensar que los gays no son tan diferentes y, mediante el burdo recurso de una conmiseración, amparada en una retórica de Derechos Humanos o de “respeto” por el otro, se muestra a la gaycidad con la menor cantidad posible de marcadores subculturales. En Argentina este recurso ha sido utilizado hasta lo insoportable en los momentos de debate por el matrimonio entre personas del mismo sexo (y después también).
 

Con todo, tendríamos que ser capaces de visualizar a la vez otra dimensión de la gaycidad a la que debemos hacerle justicia. Si la dinámica propia de la homosexualidad era una “no-dinámica” que clasificaba a las personas y las dejaba fijadas en algunos de los últimos escalones de las jerarquías sociales, prácticamente sin permitir la diferenciación, la dinámica de la gaycidad es bastante parecida a su contracara: la conjunción (que no es una mera sumatoria) de los cambios operados en lo cultural y lo jurídico permiten, por un lado, un proceso de “des-diferenciación externa”, es decir, la sociedad mayor ya no dispone de tantos elementos para pensar que los gays son en un todo diferentes del resto, lo cual tiende a la reducción de la discriminación. A su vez, esta reducción permite otro proceso de “diferenciación interna” de la gaycidad: al no estar (como antes) enclavados en el espacio social y adscriptos a cierto destino, esta “diferenciación interna” en este caso sería algo así como una “des-regulación” de las formas que tienen los gays de representarse y de relacionarse. Suponer, entonces, que la gaycidad es solamente asimilación al heterosexismo capitalista sería reduccionista.
 

Pero aún así, no debemos eludir una serie de datos que remiten muy directamente a un notorio maridaje entre la gaycidad y la mercantilización de las mediaciones para la gestión de la identidad social y personal, de altísimo contraste con la sociabilidad ‘de las catacumbas’. Este ensamble ha tenido una parsimonia muy notoria en los testimonios que recogí para Los últimos homosexuales. Ya lo dijimos: la represión extrema y su régimen adscriptivo concomitante producían aquella ‘sociabilidad anodina’ en los territorios clandestinos, que se amarraba fuertemente al reconocimiento entre pares en el reino de la inmisericordia. Inversamente, la gaycidad no se desarrolla en esa clase de enclaves, sino en una multiplicidad de lugares –como todos sabemos– cualitativamente distintos entre sí. Desde el punto de vista de los participantes, la asistencia a uno de ellos –no es sólo mi hipótesis– revelaría una distancia imaginaria poco menos que infinita con la asistencia a otro; porque justamente, en la sociedad de la des-regulación los sujetos eligen cómo construir su identidad, dónde hacerlo, y con quienes. La cuestión de la reputación es cosa seria, muy seria. En palabras de Pierre Bourdieu, la gaycidad representó el ingreso de los gays a las dinámicas de la “distinción”, en las cuales las mínimas distancias objetivas pueden transformarse en cosas de vida o muerte, es decir, en las máximas distancias subjetivas. A diferencia de la sociabilidad de los baños, que reforzaba una condición en gran medida unitaria (remarco el singular), la sociabilidad en los lugares gays asegura la obtención de condiciones de reputación singulares (remarco el plural del singular). Así, la diferencia que existe entre un baño público y la mayoría de los establecimientos comerciales expresamente abiertos para los gays (y no-gays) no podría ser más importante.
 

Obviamente que el problema no es la diferenciación interna, sino el hecho de que la misma pareciera dirimirse mayoritariamente en establecimientos comerciales (o a través de lógicas mercantiles más generales), que segmentan a los gays con base en atributos tales como la edad (algunos establecimientos lo hacen explícitamente), los gustos eróticos o la pertenencia socio-económica, entre otros. Más que “nuevas jerarquías” dentro de la gaycidad, yo veo una proliferación de segmentos de gays enfrentados por la representación legítima de la gaycidad en un contexto de des-regulación donde la “autoridad” es imposible.


Respecto al período homosexual, usted señala que la adscripción a esta colectividad no derivó de atributos socioeconómicos o etarios, que en la actualidad pueden constituir elementos articuladores de jerarquías y relaciones de poder en el ámbito gay. ¿Estos factores no desempeñaron ningún papel en aquella colectividad homosexual antes de aparecer el mundo gay?

Mis apreciaciones, como todas las apreciaciones sociológicas, son relativas. En consecuencia, la respuesta es que esos factores también estaban presentes dentro de lo que denomino la ‘experiencia homosexual’, pero lo estaban de una manera mucho más menguada que dentro de la ‘experiencia de la gaycidad. Para entender esta ausencia relativa es necesario remitirse a la noción de colectividad social y pensar en particular la de aquellas colectividades sumergidas en contextos sociales marcados por una cultura dominante agresiva. Esto nos da algunas pistas para abordar la “lógica de conocimiento adscriptiva”, sin lo cual no se podría responder esta pregunta.
 

¿Qué entendemos por colectividad social? ¿Cuál sería su elemento constitutivo? Estas preguntas nos llevan a pensar en el origen de las formas que pueden adquirir las relaciones sociales. Algunas relaciones sociales tienen su origen y se reproducen porque responden a ciertos objetivos claros y establecidos (pongamos por caso: altruistas o no altruistas); otras porque convocan personas que ostentan características similares relativas a ciertos aspectos socialmente discernibles (consumos culturales, por ejemplo); y, finalmente, otras relaciones sociales tienen su origen y logran reproducirse con base en un complejo de sentimientos, aún en ausencia de objetivos u ostentación de atributos (como por ejemplo el sentimiento de pertenencia a un contingente de inmigrantes de primera generación).
 

De las primeras relaciones sociales podremos decir que tienen la forma de un ‘grupo’, las segundas de una ‘categoría’ y las terceras de una ‘colectividad social’. Hago notar, a medida que vamos de la primera a la última forma, la importancia decreciente que tienen los objetivos que funcionarían como motivadores de la acción y, si vamos de la última a la primera, la importancia decreciente de las razones sentimentales. Estas últimas, no obstante, pueden permanecer por más que no existan objetivos de acción –motivando a un sinnúmero de acciones.
 

Pensemos ahora en esas formas llamadas ‘colectividades’ en medio de un contexto social claramente violento y discriminador. Es dable esperar que ese sentimiento de membresía se agudice, y eso, con la siguiente particularidad: si está visto que la violencia está pronta a desencadenarse sobre cualquiera de sus integrantes, la representación de cualquier integrante sobre otro integrante se alimentará, en gran medida, de atributos que se derivan directamente de lo que se percibe como ‘causa’ que los convierte en potenciales víctimas de los ataques. Y esa causa es justamente la pertenencia a esa colectividad. De esta forma, en esos contextos (y sólo en esos contextos) el resto de los atributos sociales de las personas quedarían relativamente en suspenso. Estas personas no serían “nada más que” aquello que los liga a la colectividad o los “del palo”, como se acostumbraba a decir en Argentina. Aquí tenemos un primer elemento de la lógica de conocimiento adscriptiva, que es propia tanto de quienes integran la colectividad como de la sociedad mayor: La pertenencia al colectivo prácticamente satura la lectura de la personalidad.
 

Naturalmente, se puede objetar que este argumento no es suficiente para desestimar la existencia de jerarquías fuertes en el seno de la sociabilidad homosexual. Si la argumentación se detuviera aquí, sin dudas que lo sería. Pero cabe añadir que esa lógica de conocimiento adscriptiva no se alimentaba solamente del rechazo y la inminente represión externa. También se alimentaba de una fuerte territorialización de los intercambios sociales y sexuales y no es un dato menor consignar que esos lugares eran escasos (no lo digo en un sentido numérico sino cualitativo) y que allí acudían homosexuales de todas las clases sociales, de todas las edades y de todos los etcéteras. Para traer una imagen clásica: muchos (muchísimos) se encontraban en las “teteras” (como se llamaba a los baños públicos). Y aquí tenemos una segunda manifestación de la lógica de conocimiento adscriptiva, en este caso, inconciente.
 

A través de Karl Marx o de Robert K. Merton, y pasando muy especialmente por Emile Durkheim, sabemos que los sujetos dicen que hacen cosas pero que al mismo tiempo hacen cosas que no dicen porque no saben que las hacen. Quiero proponer que a través de esta sociabilidad subterránea los homosexuales alimentaban, a través de los encuentros con los otros, el sentimiento de membresía a una colectividad, a un dominio de ‘lo mismo’ y que eso, contextualmente, era en gran medida necesario. Pero no confundamos: esto nada tiene que ver con la solidaridad. En una época en la que no existía un discurso distinto del heterosexista, esa sociabilidad altamente territorializada era el principalísimo modo de tramitar su identidad social y personal, el principalísimo modo del lazo social, la comunión con una parte del mundo que, así, disminuía la incertidumbre existencial.
 

En este marco, y siempre hablando comparativamente, las cuestiones relativas a la estratificación social tenían un rol apenas secundario. Esa pauta de sociabilidad –que en el libro he llamado “ecumenismo social”– tenía por misión hacer ver “cuánto de iguales” teníamos los homosexuales en el reino de la represión. Adviértase cómo esto refuerza la lógica de cognición adscriptiva. En estas circunstancias, hablar de sentirse diferente por tener más dinero no me parece una hipótesis plausible. Reitero: en las catacumbas se buscaba el lazo y se procuraba la apropiación de un volumen de energía colectiva para retornar al mundo cotidiano. En principio, allí podía conseguirse. Contrariamente, cuando existieron más lugares cualitativamente distintos para tramitar la identidad social y personal, y cuando comenzó a declinar la represión, surgió una nueva pauta de sociabilidad que tuvo por misión mostrar “cuánto de diferentes” podemos ser los homosexuales. Es decir, diferentes de las invenciones de la imaginación heterosexista, pero también diferentes entre nosotros mismos. Aquí, sí puede decirse que comienzan a gravitar otros atributos sociales.
 

Para sus entrevistados el período de la homosexualidad parece representar un paraíso interclases e intergeneracional, una especie de edad de oro. De hecho, su descripción del período homosexual le atribuye características míticas, como la existencia de un tiempo que no transcurre. ¿Cuál es su posición personal frente a esta mitificación de la homosexualidad? ¿Qué críticas haría a la política de la visibilización y al período de la gaycidad?

He trabajado con una cantidad importante de entrevistas sobre las que he aplicado el método sociológico de las life stories, que otorga centralidad al discurso de los actores, particularmente a la forma en que desde el presente valoran o desvaloran el pasado y la forma en que se imaginan el futuro. Y allí he encontrado una cadencia discursiva magnificadora en términos positivos del pasado homosexual. La verdad es que me llama la atención que algunos colegas de Argentina me digan que eso es “mentira”, que es una “idealización”. Desde un punto de vista sociológico, no creo que haya algo más entendible que estas mentiras e idealizaciones (casi glorificaciones) del pasado homosexual. De ellas, diría que casi exclusivamente se alimenta mi libro.
Usted compare lo que los últimos homosexuales comparan: “ligar” en un espacio en el que se imantaban todos indiferenciadamente, frente a ir a ligar a un sauna en el cual un cartel reza que después de las 22 horas los menores de 25 años tienen descuentos especiales; no haber sido libre de caminar por las playas, recibiendo insultos horrorosos a cualquier ahora, con que en los bares de esas playas, hoy, los mozos se les acerquen y les digan “¿qué van a tomar, chicos?”. Le puedo afirmar que mis entrevistados diferencian muy bien las cosas en la gaycidad: el plano de los derechos representan conquistas maravillosas, pero el espacio de la sociabilidad amerita quejas que no se guardan, que están a flor de piel.
 

La memoria de los colectivos sociales marcados por la discriminación es perdurable. Que me disculpen los propagandistas epidérmicos y espasmódicos de la civilización gay, los ‘inconscientes colectivos’ poseen una inercia que reenvía a los momentos de su constitución: yo creo que en el fondo mis entrevistados no creen en tanto reconocimiento luego de tanto aislamiento. Y es que hace no mucho más de 10 años que, si usted iba a la ciudad balnearia de Mar del Plata, por ejemplo, no lo dejaban pasar de Playa Chica a Playa Grande (la última, una playa familiar), si los salvavidas advertían que usted era supuestamente homosexual. Los últimos homosexuales no son sociólogos, pero saben (y muy bien) cuántas veces el consumo hace difuso el estatus social. Por eso desconfían del régimen gay y por eso magnifican –¡y con cuánta razón sociológica!– el pasado homosexual.
 

Lo expresado no quita que valore las políticas que se llevaron adelante. Me cuesta mucho criticar las políticas de la visibilidad (o identitarias) a pesar de que eso está tan de moda. Fueron escalones apropiados en la conquista de derechos, que impulsaron los cambios culturales respecto de la no-heterosexualidad. Que esas políticas tuvieran también consecuencias adversas e impensadas forma parte de las consecuencias de la acción humana misma. Es impropio, a mi entender, además de injusto, tomarse de los efectos impensados para defenestrar con tanto desprecio las estrategias que hicieron visible un problema ante el Estado y la sociedad. Por otra parte, quisiera saber, en el plano de las políticas reales, qué diferencias sustantivas han sembrado los críticos a las políticas de la visibilización y la identidad. Yo sigo comprobando la vigencia de esa situación que había señalado Leo Bersani quien, refiriéndose a los gays, sostenía que la pelotera por los derechos revelaba un dilema que, como todo dilema, es insoluble: decía que en la historia de los grupos minoritarios en lucha por el reconocimiento y la igualdad de tratamiento, ninguno de ellos realizó nunca un intento análogo por hacerse inidentificable al mismo tiempo que exigía que lo reconocieran.
 

En países como Colombia, algunas personas más jóvenes han manifestado una incomodidad similar a la de sus entrevistados. A veces prefieren nombrarse como homosexuales, e incluso como maricas, por considerar que lo gay representa la imposición de una identidad o un estilo de vida norteamericano basado en el consumo. ¿Ha observado un malestar respecto a la sociedad gay por parte de generaciones más jóvenes en Argentina?

Es una excelente pregunta y espero que podamos contestarla a futuro poniendo en relación elementos de distintas realidades nacionales. Cuando avanzaba en la idea de Los últimos homosexuales, era tan patente el malestar que me expresaban respecto de la sociedad gay las personas ‘mayores’, que decidí acercarme al Grupo de Jóvenes de la Comunidad Homosexual Argentina, donde hice 2 sesiones de focus group. El grupo estaba formado por aproximadamente 20 integrantes (gays, lesbianas y trans) y recuerdo exactamente la edad promedio: 21.8 años. Demás está decir que no voy a enunciar nada ‘representativo’. Pero fijémonos qué dato interesante: los varones dijeron que podía hablarse de “homosexualidad” y “gaycidad” como de dos etapas distintas. No sabían bien por qué, pero sentían que hubo un antes muy distinto. Las lesbianas y las trans, en cambio, pensaban que podía hablarse de “homosexualidad” y “gaycidad” pero que de ninguna manera existió nada parecido a un período de “lesbianismo” seguido de uno de “lesbianicidad”, ni un período de “travestismo” seguido de uno de “travesticidad”. Yo jugué con esos términos luego de explicar “homosexualidad” y “gaycidad”. Cuando pregunté: “pero entonces: ¿por qué solamente la homosexualidad tiene un período posterior?” la respuesta predominante del grupo fue “porque se metió el mercado”.
 

Me gustaría mucho seguir trabajando este tema porque me parece sumamente complejo. En contraposición con lo que acabo de relatar, una vez, un famoso diario de mi país, publicó una nota mía en la que yo alertaba sobre el maridaje entre gaycidad y lógicas comerciales. Por blogs y a través de mi cuenta de Facebook, muchos jóvenes me manifestaron que mis conjeturas eran no solamente antojadizas, sino discriminatorias. En fin, se trata de un tema difícil de pensar, de un auténtico desafío: ¿cuánto de “expresivo” tiene el “merchandising gay”? ¿Cuánto de ‘performativo’? Es una cuestión atrapante.
 

En la introducción de Los últimos homosexuales se refiere a un ‘uso maquinal’ de conceptos provenientes de la filosofía, la teoría literaria y el psicoanálisis por parte de sociólogos y otros científicos sociales. ¿Cómo ve la creciente atención a las dimensiones discursivas y performativas en las investigaciones sociales sobre sexualidad?

Le voy a responder como investigador empírico. Si bien en mis escritos encarno y defiendo un punto de vista (el de la Sociología) no me considero un “imperialista disciplinario”. Diría que, en contraposición, me interesa circunvalar los objetos analíticos a través de conceptos que provengan de contextos teóricos pertenecientes a otras disciplinas.
 

Humildemente, creo que esta postura no es la de diversos colegas que se enmarcan en los denominados estudios de la discursividad o la performatividad. Al menos en su estado actual (al principio de esta entrevista le dije que todo es relativo) noto que esta perspectiva derrocha una energía impresionante en desmarcarse de distintos “objetivismos”, “esencialismos” y “binarismos” que tendrían el resto de las formulaciones teóricas en Ciencias Humanas, con la particularidad de que nunca logra saberse cuáles son sus “programas” desde el punto de vista de la investigación empírica que, al menos a mí, es lo que me interesa. Recalco lo de “empírico” porque si me pongo a leer muchas de esas producciones, lo que leo son más bien declaraciones de principios que dan a entender claramente que proponen ontologías sociales radicalmente constructivistas y nada más.
 

Hasta donde yo sé, creo que nosotros, los investigadores, al mismo tiempo que manejamos una ontología (imprescindible, ya que nos sirve de base para realizar una “vigilancia epistemológica” sobre nuestra producción) también debemos manejar un conjunto de “teorías formales” y darnos al desarrollo de “teorías sustantivas” referidas a distintos objetos analíticos específicos, además de propuestas metodológicas que nos ayuden a apuntalar empíricamente nuestros interrogantes.
 

Lo que advierto en el uso de estas perspectivas (nótese que digo en el “uso” y no en la perspectiva misma) es que se antepone “la ontología como una teoría” en todo momento y ante cualquier objeto. Dicho de un modo más amable, se pone el carro delante de los caballos, lo cual convierte a las investigaciones en profecías que se autorrealizan: si yo no manejo nada más que una ontología constructivista y digo que los géneros son invenciones, obviamente que voy a encontrar eso y nada más que eso en el transcurso de la investigación, es decir, una afirmación sin duda correcta pero con escaso valor informativo. Permítame un ejemplo: si los miembros de un grupo social cumplen un rito iniciático sumergiéndose en un río, los de otro, en el mar y los de un tercero, untándose sangre en los brazos, podré decir “los tres se han iniciado en la vida adulta de su respectiva sociedad”. Esta afirmación es innegablemente correcta, sin embargo, no informa nada. Porque es propio del conocimiento en Ciencias Sociales comprender “por qué” unos se inician a través del agua dulce, otros con el agua salada y otros con la sangre. Casi como un calco, una vez, Lohana Berkins (una de las más destacadas militantes travestis de Argentina) se quejaba del uso fácil, universal y correcto del “diccionario Butler”, diciendo que nada aclaraba acerca de las circunstancias concretas en las cuales ella y sus compañeras experimentaban la opresión de género (la provincia de “Salta” decía, donde “se comen empanadas”).
 

Existen algunas circunstancias preocupantes asociadas al uso de estas perspectivas que me gustaría señalar. En primer lugar, la extrema desconfianza con la que miran las producciones sociológicas, a las que acusan a menudo de “objetivistas”. Recuerdo que en un congreso un asistente basó su crítica a mi trabajo en el hecho de que yo buscaba “regularidades” o “patrones de comportamiento”, que luego “categorizaba”. Increíble pero real: me estaban solicitando que me destituyera como sociólogo. Segundo: en una porción significativa de la investigación se viene produciendo una adopción abusiva (“maquinal” como escribí en el libro) de algunos tópicos. Intuyo que esta adopción se deriva del terror de no cumplir los cánones del lenguaje políticamente correcto, lo cual deja a muchos analistas no solamente repitiendo las mismas cosas, sino paralizados a la hora de decidir con libertad un plan de acción metodológica. Tercero: como un derivado de lo anterior, me preocupa la frecuencia con la que desde el uso de estas perspectivas se reproduce el vicio intelectual de convertir la “explicación en una humillación”, como decía Howard Becker. He escuchado con escalofríos las apreciaciones que muchos “practicantes” de estas perspectivas tienen, por ejemplo, sobre el coming out, las políticas identitarias o el matrimonio igualitario, entre tantos otros temas. El actor del coming out, por ejemplo, no puede ser sino una máquina que “re-cita” un discurso que no pretende otra cosa que oprimirlo. Lo que quiero significar no es que este no sea un aspecto a considerar, sino la cantidad de aspectos que no se consideran si se adopta una postura tan estricta. Flaco favor le hacen a las ontologías constructivistas estos razonamientos que ven solamente alienación por todas partes. Los “aspectos” por los que reclamo son, ni más ni menos, probables “sentidos” emergentes de los actores cuyo no-barrido por un investigador sería imperdonable. En último lugar, intuyo que mucho de lo que le expresé acaso sea una secuela de confundir la “investigación sociológica” con la “intervención política”. Yo sigo pensando que es conveniente separarlas, para conocer más e intervenir mejor.
MECCIA, Ernesto. 2011. Los últimos homosexuales: sociología de la homosexualidad y la gaycidad. Buenos Aires: Gran Aldea Editores. Primera edición. ISBN: 978-987-1301-49-2.

Para leer un artículo de Ernesto Meccia en Sexualidad, Salud y Sociedad. Revista Latinoamericana, haga clic aquí.

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