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Situación de la prostitución homosexual y transgénero en Tegucigalpa

in HONDURAS, 09/09/2012

Crónica del Diario La Tribuna de Honduras, que realiza un panorama sobre la situación por la que atraviesan gays y travestis que se prostituyen en la zona roja de la capital hondureña.

 A sus 15 años ha vivido más experiencias sexuales que una mujer del doble de su edad. Nacer en medio de resistoleros la hundió en el oficio de la prostitución, que cada día se acrecienta en la capital.

Bonitas jovencitas se prostituyen en los alrededores del centro de la ciudad porque se sienten rechazadas por la sociedad.
Tegucigalpa y Comayagüela son completamente diferentes por las noches. El bullicio de la circulación masiva de carros se apaga a las 10:00 de la noche y en ambas ciudades, a la vez, surgen vociferaciones: “quiere divertirse papi, aquí le damos el placer que busca”.


Esas expresiones se escuchan frecuentemente al transitar por la zona de Palmira, el casco histórico de Tegucigalpa, igual sucede en la zona de El Obelisco, Belén, primera, segunda, sexta y séptima avenidas de Comayagüela.
Todos esos sitios ya se convirtieron en prostíbulos públicos, donde los menores de edad se cuelan entre los experimentados servidores sexuales, para ganarse la vida cada noche acostándose con uno y otro hombre.
En un recorrido realizado por LA TRIBUNA se constató lo que se vive en el centro de las dos ciudades que conforman el Distrito Central, donde proliferan los excesos, drogas y orgías sexuales.

Sodoma y Gomorra se vive generalmente en las calles de la capital durante las noches.

Casi desnudos, prostitutas, homosexuales y transexuales se pasean por esas zonas donde hombres de todas las edades llegan en lujosas camionetas con la intención de cumplir las fantasías que se les cruzan por sus mentes, arriesgándose a cualquier peligro.
Algunos y algunas lucen pantalones de tela transparente o vestidos sumamente cortos. Se colocan a la orilla de la calle. Su misión es ofrecer servicios sexuales. Un homosexual rubio se pasea por la colonia Palmira, algunos de los vehículos medio se detienen, los conductores pitan y lentamente se alejan observando el “espectáculo”.

Los servicios sexuales van de acuerdo al “cliente”. “A los taxistas les cobramos barato, porque son los que nos halan de un lado a otro durante la noche”, comentó el muchacho en tono de pocos amigos.

Señalaron que no les gusta la presencia de los medios de comunicación, no obstante indicó que a otras personas les cobran entre 300 y 500 lempiras, con la disposición de complacer cualquier fantasía.

De la misma forma, en los hospedajes del centro de la ciudad es frecuente ver salir a bonitas jovencitas con minifaldas de los hotelitos y hospedajes a altas horas de la noche, quienes sin ningún temor se pasean por las oscuras y peligrosas calles.

Cientos de drogadictos no tienen quién los ayude a salir de este bajo mundo.
La mayoría de los que buscan a las servidoras del sexo son los jovencitos que se drogan y emborrachan en los distintos bulevares de la capital, que muchas veces extasiados por los alucinógenos hasta son asaltados por esas personas.

RECHAZO

“Mi mamá trabajaba en la calle de prostituta pero como no sabía quién era mi padre me dejó abandonada y me recogió otra señora que vive a la orilla del río por (el barrio) La Bolsa”, comentó la jovencita quien se identificó con un pseudónimo, Andrea.
La menor asegura que varias veces la Policía la ha sacado de las calles e internado en el Instituto Hondureño de la Niñez y la Familia (Ihnfa), pero ahí es peor que el lugar donde está porque los empleados los regañan y prácticamente los encarcelan.
“A los seis años comencé a inhalar resistol (pegamento), después con otras chavalas de aquí me fui prostituyendo y ganando algunos pesos”, comenta mientras absorbe el pegamento de una bolsa.

Las drogas son los principales factores que impulsan a estos jovencitos a perderse en ese mundo.

A sus quince años, Andrea no sabe qué es dormir toda una noche en una cama con sábanas limpias; durante su corta vida el único espacio que la ha acogido son las sucias aceras y riberas del río Choluteca donde construyen covachas de cartón.

Testificó que son muchos los hombres que la buscan para que les preste servicios sexuales, a quienes les cobra cien lempiras y la mayoría de las veces mantienen los actos en los espacios públicos en los carros de los clientes.

La niña, que ya tiene su pequeño cuerpo curtido y maltratado por la vida en las calles, lamentó que nunca ha tenido alguien que la oriente o le dé una mano; su familia son los demás infantes que también sobreviven entre la basura y mendicidad en las calles.
“No tenemos para dónde irnos y en el Ihnfa no podemos estar, muchas veces corremos peligro porque otras chavalas se meten a problemas con uno”, manifestó, para agregar que en las calles la gente los trata mal, muchos conductores les tiran los carros y les gritan: “drogadictos”.

Casi desnudos se pasean las prostitutas y homosexuales por la capital.

De lo mismo se quejan los jóvenes transexuales, quienes despreciados en su misma casa y por la sociedad que les cierran las puertas por sus preferencias sexuales, no encuentran cómo ganarse la vida, por ello -argumentan-, deciden prostituirse.

RESISTOL
Las cercanías de la Secretaría de Educación en la segunda avenida de Comayagüela, es el punto de encuentro de los ‘resistoleros’. Hombres, mujeres y niños se reúnen todas las noches y en latas viejas preparan café, sopa de huesos de res y verduras que botan los comerciantes.

Alrededor de los improvisados fogones, ubicados en las aceras, se acuclillan los drogadictos, quienes esperan que esté la comida. Se calientan del frío en los fogones mientras amanece para ir en busca de más drogas.

Al ver los carros que se acercan salen a ofrecer sus servicios.

Una niña con apariencia de varón trata de esconderse entre la multitud, viste calzoneta y al llamarlo ‘muchacho’ contesta, irritada: “soy mujer, no hombre”. Levanta el rostro y asegura que ella no se prostituye.

Recientemente cumplió los 16 años, pero ya está absorbida por el mal de las drogas. “Vivía con mi mamá a la orilla del río, pero decidí probar la marihuana y me gustó, entonces mi mamá me metió a un internado de unas monjitas”, relató.

“El internado era de niños y las monjitas no me aguantaban, entonces decidieron mandarme a Casa Alianza a los 12 años, pero ahí me engavillé con otros niños que le ponían al resistol y comencé a usarlo, también me gustó y nos escapamos”.

Consultada sobre cómo es la vida en la calle, comentó que “es difícil vivir aquí, tenemos que pedir para poder mantenernos, porque robar no podemos y tampoco quiero tirarme a la prostitución”. Dijo que consiguen el resistol donde los zapateros. “Solo llegamos a donde ellos y nos llenan los botes por diez lempiras; pedimos para poder comprarlos”.

Un carro se detiene y comienza la negociación.

En tanto, una pequeña de tres años observa asustada. Sus ojos azules brillan producto de la luz que se refleja del fuego donde se preparan los alimentos. “Ella es mi hija”, afirma un hombre mientras atiza la hornilla.

El hombre es positivo de VIH-SIDA y su esposa también. “Esta niña es nuestro tesoro, ella no está infectada y la cuidamos todo el tiempo para que nadie me le vaya hacer nada”, aseguró.

Otras mujeres embarazadas con un bote de resistol en la mano se aprestan a dormir; algunas ya están a punto de dar a luz y no saben qué harán con sus críos, solo se pierden entre los alucinógenos y que Dios disponga del futuro de los infantes que están por llegar al duro mundo que les abre las puertas.

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